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Enseñar es honrar la relación materna*

  • 12 jun 2023
  • 3 min de lectura

Angélica Mancilla García



En el camino de la educación formal, nunca me propuse enseñar —o al menos no recuerdo haberlo hecho con tal lucidez—. Me interesaban los libros y su proceso de creación, pero no más allá. Sin embargo, si vuelvo a la memoria o tal vez al recuerdo, esa ficción construida a partir de la memoria compartida de mi madre, es que a mí me gustaba jugar a la maestra. De niña, colocaba muñecas y peluches como en una aula de escuela y les enseñaba cosas. ¿Qué cosas? Eso ya no lo recuerdo. Dicen que “infancia es destino” y ahora pienso en que cómo no, si es en la niñez cuando una halla la puerta a las posibilidades infinitas, cuando el orden patriarcal no nos ha carcomido las entrañas y expresamos nuestros anhelos más profundos en libertad, en ese estado primigenio que es el juego.


Si en el aprender a nombrar el mundo lo hacemos acompañadas o guiadas por nuestras madres, porque son ellas quienes potencia en nosotras la lengua materna en una relación de confianza, sin duda, y con base en mi experiencia, también puedo decir que han sido mis maestras quienes me han guiado para dar nombre a aquello que sentía y reconocía, pero para lo que la lengua del orden patriarcal no me alcanzaba para expresar. Tanto la mediación amorosa de mi madre como de mis maestras fue significativa, ellas me compartieron saberes que echaron raíces y florecieron en mí, los cuales se tejieron con mi propia experiencia, para, desde mí y en relación con ellas, trazar el camino que ahora intenciono transitar en el compartir con otras.


Las reflexiones de las pensadoras de la diferencia sexual llegaron en un momento de crisis, en el que urgentemente necesitaba volver a mí. En esa oscuridad, ustedas —Lau y Mich— fueron la luz que me guio de vuelta a mí. Reconozco su autoridad, que traduzco como la inspiración para sembrar y germinar el camino que sigue. Hoy abrazo la crisis como “el preámbulo del crecimiento” (como menciona María Milagros Montoya) y no como una fractura que inhabilita.


Durante mucho tiempo, actuar de manera amorosa fue una carga. Fui calificada de maternal y, en tratar de huir de esa etiqueta, me sumergí en un profundo desorden, porque, la maternidad es una institución patriarcal, una imposición para poner el cuidado de los otros al centro y desplazarse/negarse a una misma. Para nada nunca me ha interesado suplir a la madre de nadie, pero ahora entiendo que en los relacionamientos donde media el amor —no entendido desde el orden patriarcal, sino como la potencialidad creadora que propicia la lengua materna— es importante para una nueva civilización. Me pregunto ¿cuál es el problema de mediar desde el amor?, ¿por qué incomoda tanto? El amor es un problema cuando, desde el orden patriarcal, se usa para construir monumentos e ideales, porque se vuelve carencia e imposición, pero el amor en femenino es el lenguaje de mi madre, de ella lo aprendí, me hizo crecer y me ha nutrido. En ese sentido, la mediación con amor en femenino libre incomoda porque es una amenaza al orden patriarcal que nos considera desechables, porque sostiene la vida y provee libertad.


Ahora, con total claridad, quiero asumir esa responsabilidad, aun cuando entiendo lo que supone transitar el camino de la educación en nuestras sociedades, pero también entiendo que es necesario y urgente dejar de asumir la educación como una institución del poder patriarcal, sino como la vía para crear un orden simbólico otro que nos lleve a vivir relaciones libres. Desde ahora, desde ya, mis relacionamientos pedagógicos o educativos, estarán mediados por el amor en femenino, es decir, concebido desde el orden simbólico de la madre, con la plena consciencia de que, así, se “continúa la obra de la madre y honra la relación materna” (María Milagros Rivera Garretas citada en María Milagros Montoya), es decir, relacionamientos de confianza, con libertad y autoridad —que no autoritarismo—, pero encarnados en la experiencia singular que propicia la diferencia sexual e histórica; no a fuerza de repetición, sino con la responsabilidad de hacer crecer. Así pues, siempre que habite un espacio de relaciones de enseñanza y aprendizaje, aun cuando identifique desgano en quienes participan, para mí significará una posibilidad, la posibilidad de potenciar, de hacer crecer y mirar su más.



*Esta frase pertenece a María Milagros Rivera Garretas y este texto nació luego de leer “Traer al aula el saber de la experiencia. Una medicación imprescindible en la nueva civilización” de María Milagros Montoya Ramos, para el cierre del Círculo de Reflexión sobre Pedagogía Feminista (marzo-junio 2023).

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