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Mujer veraniega

  • 15 jul 2025
  • 4 min de lectura

Cristina Perbian

 

Soy una mujer veraniega. Mi madre me dio a luz un día de julio. Ella me alumbró con su cuerpo de mujer, con su voz y con sus cuarenta y un primaveras. Esta imagen de mi nacimiento la entretejo con el clima de verano, soleado, muy cálido; días más largos, noches más cortas. Quizá por eso mis energías se disponen a despertar temprano y dormir tarde; me siento potente, porque las varas que me sostienen son inquietas, frondosas y florecientes como las Ipomeas que buscan incansablemente los rayos del sol, y cuando llega la oscuridad, cierran sus pétalos para abrazarse a sí mismas.

 

Saberme así fue posible a partir del día en que leí ¿Qué edad tienes? de Luce Irigaray. Antes de eso, había aceptado el relato de que cada año sólo envejecía, acumulando arrugas y pliegues en el mapa de mi piel, restando vida a mi ser entera, como si sólo se tratase de empequeñecerse por el peso de los años encima de mí. Las palabras de Luce fueron una gran revelación para mí, hicieron brotar la hierba que estaba ocultando. Me hizo pensar en los ritmos que me mecen, como el ritmo lento de cuando cocino algo y disfruto hacerlo, el hacer con sentido; en los ritmos del tiempo atroz, en los que siento que sólo median los tic tac, tic tac acumulativos, el hacer repetitivo sin sentido.

 

“Quiere esto decir que la vida de una mujer no puede reducirse a una serie de hechos o actos que se suman o se anulan. La vida de una mujer está marcada por una serie de acontecimientos irreversibles que definen las etapas de su edad. [...] acontecimientos que pueden repetirse sin repetición; que se presentan cada vez de forma distinta: el cuerpo y el espíritu cambian, se produce una evolución física y espiritual”.

 

Como la menstruación, se repite una y otra vez, cíclicamente, siempre cambiante, porque nunca soy la misma. Este acontecimiento en especial, ha distinguido etapas en mi vida en las que reconozco que he crecido, siendo puberta, gestando vida, y ahora, siendo una mujer en su cuarta década de vida donde percibo un ritmo distinto, en el que hago presente mi necesidad de un tiempo diferente a todo lo demás, porque requiero calma, silencio para la abundante sensibilidad de mis sentidos y otros nutrientes para abonar esta tierra fértil que es mi cuerpo y mi espíritu. Fertilidad que significo como la potencia creadora de mi ser, fertilidad naturalmente vinculada “a la temporalidad cósmica”.  

 

Irigaray describe con tan bellas palabras: “Y es particularmente cierto en el caso de las mujeres. Nada en su vida asemeja una acumulación de 1+1+1 …, a menos que renuncien a su naturaleza. Las mujeres están –a causa de su cuerpo femenino– en perpetuo crecimiento, incluyendo también la última parte de su vida”. Palabras que abrazaron mis canas y los deseos que no son los mismos que ayer.

 

Después de su lectura di un espacio para mirar la medida femenina con la que llegué a este mundo y no con los ojos de quien desconoce la diferencia de mi sexualidad y mi devenir espiritual. Es enredado a veces, es cierto. La mirada no siempre es clara. Pero en este presente, he sentido el paso de los años como una fuerza que engrosa mis raíces. Hay días en que me siento como un árbol robusto, decidida a desprenderme de las hojas que han muerto cuando llegue el otoño. Hay días en que mi corteza enferma y no hago más que prepararme para resistir el invierno. Hay otros días en que la primavera me encarna y mis botones retoñan incesantes. Este, mi verano treinta y dos, no se reduce a la suma de años, más bien, es un cúmulo de historias, de palabras, de saberes. Este verano lo reconozco como lluvioso y con un clima revuelto. Me reconozco ahora como una mujer que está en un momento de siembra, una mujer que disfruta del cuidado y del tejido de las relaciones en reciprocidad. Disfruto y me asombro de cuando la luz irradia entre mis ramas o se extingue en la sombra.

 

La idea sembrada en mí, de parte de Luce, sobre partir del haber nacido mujer y dar lugar a la virginidad y la maternidad como dimensiones espirituales, para afirmar el progreso espiritual y el crecimiento de mi ser entera, ha sido un camino que se ha esclarecido con el pensamiento de otras mujeres y el diálogo con ellas. Ser mujer ha sido todo un ritual de cultivos, en el que he tenido que escarbar en la tierra para llegar al lugar que no ha sido tocado por la medida masculina. Ha sido un ritual de cuidado, en el que la virginidad, ésta disposición a ser tierra fértil, me ha implicado labrar, remover, quitar si es necesario. “No se trata siempre de adquirir algo más, sino ser capaces de algo menos”. En estos últimos veranos he visto cómo se rompen mis ramas, he dejado que algunos de los frutos mueran. Confío en la capacidad que tengo de ser madre, material y espiritualmente, porque confío en los ciclos naturales de la vida y yo soy parte ella. Esa potencia creadora que me encarna, no sólo la he visto al parir a una hija. La he sentido durante mis veranos, mis otoños, mis inviernos y mis primaveras, cuando me dispongo a crear, a tejer, a guardar, a relacionarme, a decir.

 

Soy una mujer veraniega. Mis canas guardan historias contadas por la luna. Mi piel ha trazado un mapa lleno de viajes. Las palmas de mis manos se parecen a las hojas de las plantas, porque en sus líneas guardan un espacio para recibir, si no el rocío de la mañana, un algo más. Un algo más cercano a la medida de mí misma.   

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