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Notas sobre la libertad y mi libertad femenina

  • 12 may 2023
  • 4 min de lectura

Michelle Silveira




La idea de la libertad me ha resonado en el pecho durante mi vida, ha tenido diferentes sonidos, texturas y olores, pero fue cuando entré a la preparatoria -a los quince años- que comencé a creer -fuerte y fielmente- en los supuestos ideales de la libertad emancipatoria propuestos sobre todo por la falosofía. Recuerdo dedicar mucho tiempo pensando desde el pensamiento del pensamiento sobre la obtención de la libertad. Ahora que lo siento detenidamente, ni siquiera pensaba en mi libertad, sino en esa libertad abstracta -masculina- abarcativa de la humanidad, esa humanidad en la que nunca estoy.


La libertad es algo que aprendí a desear. Por lo tanto el énfasis era alarmante porque, obviamente, yo no tenía libertad, desde esa lógica. Había que conseguirla. Recuerdo que un profesor repetía constantemente: la libertad no se pide se arrebata. Tuve mucha confusión ante estas palabras, pero les di mucho crédito en su momento porque creía que descifrar lo qué era la libertad me llevaría por consecuencia a saber cómo tener libertad -como mujer, claro. Yo siempre me pensaba como mujer, desde mi ser mujer. Se convirtió en una urgencia. Se volvió una obsesión. Y el camino fue cada vez más turbio e inalcanzable: para ser libre requería tener conciencia crítica -decían los teóricos de la sociología- para ser libre tenía que quitar el poder al otro, para ser libre tenía que ser legalmente mayor de edad, etcétera, etcétera, etcétera.


El desorden creció porque lo que yo quería era estar libre como mujer en un mundo patriarcal. Entre tanta violencia hermenéutica, terminé cediendo a la vaginalidad.


En el trayecto de la vida me percaté que estaba buscando una libertad incorrecta. Una libertad que parte del pensamiento crítico, una libertad emancipatoria. Una libertad que está afuera. Una libertad que se exige a otros. Una libertad que te otorgan. Una libertad por la que se lucha.


Sin embargo, los relacionamientos con otras mujeres me ha encontrado con otras mujeres que han vivido, sentido y escrito sobre la libertad femenina: la libertad con, para llevarme a pensarme en en relación: una práctica de libertad que existe a partir de las relaciones, pero sobre todo e inicialmente, con la de haber nacido.


Mi madre me parió y en ese ejercicio me dio la primigenia libertad femenina. Una libertad que se siente y se piensa desde la diferencia sexual, en primera persona y a partir de sí: soy mujer nacida de mujer, ¿por qué pensar que hay opresión en esta acción originaria?


Mi libertad nació con mi nacimiento, ese que mi madre por ser mi origen me otorgó en ese primer relacionamiento materno, de vida, de existencia. Mi origen no es el mono, es cierto, tampoco dios: es mi madre, mi primera mediadora y gestora de libertad.


Esta libertad desde el pensamiento y la política de la diferencia sexual potencia la mirada hacia las mujeres desde su libertad femenina. Abre las ventanas para descubrir que el patriarcado como relato ha llegado a su fin, y que ha dicho cosas falsas y que no lo ha tocado todo, como dice María Milagros Rivera Garretas.


Esta libertad que revela mi existencia como mujer a partir de los relacionamientos, permite nunca saberme sola. Porque nunca he estado sola. He descubierto que el patriarcado me ha hecho creer que han habido momentos de mi vida en que he estado sola en desolación, pero no ha sido así. Es que me he tragado por periodos de mi vida el relato Patriarcal y no sabía la gran noticia del Final del patriarcado. Aun quedan restos del patriarcado en mí, lo sé.


Ese patriarcado que ha intentado por todos los medios romperle vínculo con la madre para dejar una herida de orfandad permanente: si una no vuelve al origen.


Así, saber y reconocer que mi madre ha sido mi primera dadora de libertad, me dirige orden -muchas veces aún me voy al desorden patriarcal-, pero la intención potencial de relacionamientos entre mujeres es una práctica de libertad femenina en la que voy aterrizando desde hace tiempo.


Crear relacionamientos intencionados, desde la disparidad, con una práctica sexuada, nacida explícitamente de mujer: yo. Procuro huir ante el uso del lenguaje neutro, que esconde las presencia de las mujeres- y voy atendiendo también a los relacionamientos que voy teniendo con mujeres por la calle. Acudo a mi genealogía femenina y también a esas otras mujeres que habitamos este lugar y que son mayores, sobre todo, porque saben de la vida muchas cosas que yo no, porque fui a la escuela y creí en la emancipación.


Voy recolectando de otras mujeres potencialidades desde su más. Sigo la práctica de la escritura a partir de mí, aunque a veces acuda la presencia de la hermenéutica masculina a mis dedos. Leo a otras mujeres que también se viven desde la diferencia sexual.


Y cada ejercicio pedagógico que voy soñando- taller, curso, clase, etcétera, es pensando y sentido desde mí como mujer, soy la primera que imagina como va a plantar esa semilla y cómo me gustaría que fuera. Así que, en los relacionamientos que voy poniendo en acción, siempre nacen de mí. Aún, dudando todavía de mi autoridad femenina y cayendo en las redes de los restos del patriarcado que me hacen dudar de mi libertad femenina. Pese a eso, sé que la libertad no me la da lo masculino, nací con ella, y germina en los relacionamientos sexuados, intencionados y que toman en cuenta el origen de la madre.




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