Para no perderte en el bosque
- 30 jul 2025
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Primer tiempo
El corte. Yo no puedo hablar más que del bosque que vivo.
“El bosque es la vida y todo puede suceder en él”
María Zambrano
El bosque del que una mujer puede hablar es aquel del que puede dar cuenta, es el desde dónde de su sentir pensante.
La llamada del bosque es un sentir que se revela a lo largo de la vida de cada mujer. Cuando una mujer llega al mundo ya está adentrándose en el bosque. Una mujer llega al mundo y se interna en algo que es profundo y misterioso, en la abundancia desordenada.
La madre acompaña a la hija a la entrada del bosque, ella sabe que para que la hija se haga fecunda habrá de retirarse confiando en que sabrá continuar porque nunca va sola, siempre está entrelazada a su genealogía femenina y, como hija fecunda que es, de perderse, habrá de encontrar su camino confiando en que nunca está sola.
Es la sombra que trae consigo el patriarcado la que puede confundir a una mujer con su violencia hermenéutica y la situación de doble tirón que trae consigo. Las palabras ya no se corresponden con la verdad al haber sido apartadas del origen, hablan de algo más, el patriarcado habla de algo más. Una mujer puede fácilmente desorientarse y percibirse desenlazada de su genealogía femenina y no saber cómo continuar su camino.
La violencia hermenéutica es, según Milagros Rivera, “colarte un sucedáneo como si fuera lo auténtico, lo verdadero”, “es la violencia con la que los mundos y las culturas previas o contiguas al patriarcado han sido saqueadas por grupos inventores del contrato sexual”. La situación de doble tirón o error de epistemología como la llamó Simone Weil “se produce cuando quienes tienen poder social introducen una contradicción en las verdades superiores
de la cultura”, “consiste en verte obligada a creer simultáneamente en dos cosas, dos verdades, contradictorias entre sí.”
Tejo con Claudia von Werlhof para ir revelando/descubriendo al patriarcado como sucedáneo. Para Claudia es necesario ir al punto de vista literal de las palabras dado que los nombres de las cosas no son aleatorios. Patriarcado es “una combinación de las palabras pater y arché. Pater significa “padre”, y arché básicamente significa “origen”, “principio” o también, en un sentido concreto, “útero”, con lo que causa mucha confusión porque se traduce simplemente como “en el principio, el padre” y, dado que no son los padres los que originan la vida, continúa Claudia, no se refiere a un evento concreto, un hecho o un estado real de las cosas, por lo que “pater arché no puede ser lo contrario de mater arché, por el simple hecho de que no existe.” Siguiendo a Werlhof, el patriarcado no es más que la expresión de una utopía social en la que el padre es el creador de vida o será capaz de serlo, desvinculando con ello las condiciones concretas de la existencia terrenal. El patriarcado se trata del reemplazo de la madre por lo que comienza con el matricidio, reemplazando con un diseño artificial de sustitución, con la necesidad continua y repetida de demostrar incansablemente su existencia, dar prueba de ello mediante un sistema completo de evidencias necesario para sostenerse ya que “una civilización completa no puede estar basada en algo inexistente que contradice todo lo que nuestra experiencia nos enseña.”
La contradicción, esta situación de doble tirón en la entrada al bosque que a una mujer se le revela, es la de las evidencias de la verdadera naturaleza del bosque y el proyecto utópico que es el patriarcado que intenta sistemáticamente presentarse como verdadero, pero “mientras haya madres concretas y reales y procesos naturales independientes en este mundo, el patriarcado no está completo e incluso ni siquiera existe. Por esta razón hay una necesidad continua y repetida de demostrar incansablemente que el Padre, como la “Madre-en-Uno” que señorea el mundo.”.
El patriarcado se ha sostenido sistemáticamente a base de mentiras y tergiversaciones que han traído tanto desorden simbólico, la pérdida de sustancia y de sentido, dado que las palabras no coinciden ya con lo real. La experiencia femenina es de usurpación y suplantación, ya que sin su raíz y su huella “el patriarcado no es nada, no habría existido.” (Claudia von Werlhof).
Cuando se cuela el sucedáneo como lo auténtico y lo verdadero, una mujer puede perder contacto con lo real, con el sentir de su alma corporal, pero, los hilos que nos conectan con el origen materno siempre pueden hacerse evidentes, aunque ella no se perciba enlazada a su genealogía femenina.Ella corre el riesgo de caer hacia afuera, en la vaginalidad, de perderse en la sombra del contrato sexual, corre el riesgo de percibir el bosque a través de
las sombras que el patriarcado con su violencia hermenéutica ha dejado a su paso. Corre el riesgo de la confusión.
El error de epistemología ocurre porque ella aún es capaz de presentirse enlazada al origen, es capaz de percibir hilos que la enlazan al origen que es su madre, la madre concreta. De percibirse enlazada a una genealogía femenina fecunda. De percibir la llamada del bosque, de “escuchar el espacio que hay entre la hierba”, de reconocer los procesos naturales, la ciclicidad del tiempo. Al mismo tiempo, ella duda, tambalea, le ha sido presentada una verdad hecha a la medida masculina que la hace dudar, las marcas que ha dejado su genealogía femenina o no son evidentes o no son suficientes. Ha perdido el sentido de autoridad. Los hilos se le han enredado entre las manos. Ella ha perdido el piso.
En el patriarcado las hijas corren el riesgo de perderse en el bosque, tantos cuentos infantiles dedicados a ello, cuántas niñas y mujeres jóvenes como protagonistas situadas en un bosque en el que corren peligro, en el que pueden recibir un daño, en el que arriesgan la vida, en el que pueden pactar con el mal. Sin embargo, desde la mirada masculina el que una mujer corra peligro en el bosque ocurre solamente cuando ella, la hija, se enlaza a su genealogía femenina, cuando no duda, cuando ella no cede. Ella cae hacia adentro.
El patriarcado es el lugar en el que ocurre el contrato sexual pactado entre hombres para acceder al cuerpo de las mujeres y de sus frutos. La madre sabe de los peligros del bosque, la madre “teme que su hija quede despojada, a la fuerza, de la adscripción simbólica a la casa materna” (Ana Silva Cuesta).
Carole Pateman en sus tesis doctoral El contrato sexual (1995) revela que sólo se ha contado la mitad de la historia, la historia de cómo se creó una nueva sociedad civil, una historia de libertad en la que los habitantes del estado de naturaleza cambian las inseguridades de la libertad natural por una libertad civil, universal, que todos los adultos pueden ejercer. Esta libertad se crea por medio de un contrato, el contrato social. Carole afirma que está en juego mucho más que la libertad, el contrato asegura la dominación de los varones sobre las mujeres y su derecho a disfrutar de un igual acceso sexuala ellas. Mientras que el contrato social cuenta una historia de libertad, la otra parte no contada de la historia, la del contrato sexual, es una historia de sujeción. Tanto el contrato social como el contrato sexual constituyen un contrato original, a la vez de dominación y de sujeción. La libertad de los varones y la sujeción de las mujeres. La diferencia sexual es una diferencia política.
Y, como el patriarcado tiene la necesidad continua y repetida de demostrar incansablemente su existencia y dar prueba de ello mediante un sistema completo de evidencias necesario para sostenerse, aunque el contrato sexual se hace de una sola vez, necesita repetirse día a día, madre a hija, asegurando el acceso ordenado a las mujeres mediante el “fundamento en la naturaleza” que lleva, continuando con Carole, a que los individuos se subordinen voluntariamente.
El fundamento de la naturaleza facilita el que muchas mujeres tambaleen, que duden de lo real hasta hacer posible que ya no sea necesario el despojo de su adscripción simbólica a la casa materna por la fuerza al presentarse la medida masculina como la medida universal, la medida natural. El sucedáneo se cuela como si fuera lo auténtico, lo verdadero, vacía las palabras a su vez que, tergiversándolas dice una cosa por otra hasta reemplazarla, es su maniobra de prestidigitación.
El sentido de autoridad está en riesgo. La necesaria separación que debe ocurrir para que la hija sea fecunda en el mundo es sustituida por la emancipación, el percibirse necesariamente desenlazada para llegar a ser un individuo en el mundo moderno.
El bosque tiene sus misterios y para adentrarse en él se debe andar profundo. El andar profundo nos lleva adentro, escribe Antonietta Potente, “nos hace entrar, bajar y luego subir y, sobre todo, andar por donde nunca estuvimos.” La llamada del bosque es un andar profundo en el que sin marcas, sin percibir las marcas se irá buscando sin encontrar. Para encontrar las marcas se debe caminar con los pies descalzos sobre sobre la tierra, poner los pies en la tierra, es un llamado para no perderse, un llamado para entrar en contacto desde la raíz. Andar descalza y pisar tierra es una práctica para entrar en contacto con la energía de la naturaleza a través de los pies.Aquello que no puede ser percibido con la vista puede ser revelado por la raíz, por ello, tantas madres recuerdan a sus hijas “pon los pies en la tierra”.
Y es que, si bien, una mujer para no perderse en el bosque necesita percibir las marcas que le ha dejado su genealogía femenina y percibirse enlazada a ella, ahora tejo con los hilos que nos ofrece Wanda Tommasi, “una mujer, para crecer y cultivar su personalidad adulta, tiene efectivamente que conservar una relación interna con la figura materna, pero también alejarse de ella, contratar las condiciones de su libertad y correr el riesgo de su singularidad, afrontando las travesías de un itinerario cuyas coordenadas no han sido dadas por adelantado ni son reconducibles a un orden materno.”
La ruptura de la genealogía femenina, en cambio, es la que necesita y provoca el patriarcado con todo el desorden y la violencia que trae consigo a su paso para proclamarse como verdadero. Romper es un acto que separa con violencia deshaciendo la unión de lo que por origen se encuentra enlazado. El viaje que la hija inicia trae consigo la oportunidad del final del patriarcado. Ella necesita abrirse a la escucha, a la experiencia de la libertad femenina, “escuchando el espacio que hay entre la hierba”, todo aquello que no ha sido dicho pero que es sentido, escuchar con los pies, con las manos, con la nariz, con la boca, con la piel. No basta con la vista, no todo es observable ni comprobable con los ojos.
El fundamento de la naturaleza hace caer a una mujer en la vaginalidad apartada de su placer femenino no sigue el llamado del bosque. Voluntariamente ella deja de adscribirse a la genealogía femenina para inscribirse en las generaciones masculinas bajo la promesa de un “algo más”, desarrollo, progreso, civilización, emancipación, autonomía, poder. En ese algo más no hay simbólico al que ella pueda enraizarse.
Es la llamada del bosque una llamada al infinito femenino, que nos lleva por donde nunca se ha estado, por el que una corre el riesgo de perderse, y eso, lo aprendí con mi madre, revela los hilos por los que la genealogía femenina se encuentra enlazada. En la relación creadora con mi madre aprendí que en el momento en que ella consideró que no podía o no deseaba seguir acompañándome, me soltó. También he aprendido a reconocer que no todo
lo aprendí de la mano de mi madre. Desde pequeña percibí en nuestrarelación creadora de mundo elementos del desorden patriarcal que no me orientaban en mi andar profundo, la separación de ella para adentrarme en el bosque me fue necesaria, sin embargo, yo no percibía las marcas. Las marcas se fueron revelando a partir de lo que yo consideraba que ella no había hecho. Pero, mi madre autorizó mi adentramiento en el bosque y autorizó que alguien más la sustituyera. Ella no quiso adentrarse en el bosque conmigo, ese fue el momento en el que percibí la ruptura de los hilos.
Cuando una hija no sabe reconocer autoridad a la madre le impide percibir las marcas que ella nos ofrece. Pero el camino de libertad no es un camino recto, la madre permite que la hija se vaya, que la hija se adentre en el bosque, que haga su propio viaje, es un gesto de libertad que revela la predisposición simbólica de la madre.
En el reconocer las marcas que nos va dejando la madre para no perdernos en el bosque, una misma habrá de reconocer que su madre habla del bosque que ella vive, que no es necesariamente el bosque de una. En este percibir y reconocer las marcas aprecio el amor y el cuidado con el que mi madre las dejó a mi disposición para que yo acudiera a ellas si lo creía necesario. Ahora sé que las marcas que dejó mi madre para mí están a mi disposición para ser reelaboradas.
Como hija, me adentro en el bosque porque adentrarme en él es adentrarme en la relación materna, a la vez, es adentrarme a la relación conmigo misma y con el mundo. Adentrarse es separarse, alejarse, tomar el propio camino, sin perderse. Percibiendo y reconociendo las marcas me adentro profundo escuchando el espacio que hay entre la hierba. Agradezco las marcas que dejaron mi madre y mi abuela para mí. Son las marcas que las guiaron a ellas en su camino, que las mantuvo enlazadas, que las enlaza hasta mí como hija fecunda que soy, como parte de esa genealogía femenina, de Las Tres Madres que, en la posición de hija presiente que debe desenredar los hilos y notar los caminos, trazar nuevos caminos.

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