El final del patriarcado en singular
- 18 abr 2023
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Angélica Mancilla García
Abrir los ojos y mirar distinto. Poder ver lo que estaba ahí pero no haber notado. Dejar la mudez, idear, crear, gozar. Autoafirmarme y devenirme mujer creadora, escritora, hija, hermana, amiga, nieta, compañera, vecina. Escribir una historia de esta tierra o de una a años luz. Ser sujeta y ser verbo infinito, no infinitivo. Saber que esta lengua es mía y nombrar, destruir significados y recrearlos, crearlos, darles vida. Mujer grieta, mujer orilla, mujer frontera, mujer hogar. Hilar palabras, edificar historias y transitar por el barrio de la voz. Nunca más inhabilitada por el miedo o la imposición. A veces inundada con mi propio mar, pero siempre de vuelta a la orilla de mi isla.
Sé que el orden simbólico patriarcal ya no me significa, sin embargo, ha dejado una herida muy profunda, sin que aún haya cicatrizado, a veces supura miseria, que se traduce en la falta de credibilidad en mí misma, en ser incapaz de reconocer lo que las mujeres con quienes estoy en relación aprecian y observan en mí. Supongo que es parte de este camino, no concebir una transformación progresiva, sino continua, siendo fiel a sí misma y leal a las demás.
Hace unos días, una de mis maestras y mayores referentes feministas me dijo que probablemente ya habíamos perdido la revolución, esa gran revolución que predijimos al presenciar la globalización del movimiento feminista; asentí con profundo dolor. Supongo que no soy la primera en sentir cómo se anidan las entrañas cuando llega esa consciencia, el reconocer que el sistema ha sido capaz de asimilar y mercantilizar las luchas, pero entonces llegó la luminosidad: esa revolución, ese gran relato de la supuesta transformación de un momento a otro, pertenece al orden patriarcal, porque la revolución planteada por las mujeres se dará en cada una —haciendo mías las palabras de María Milagros—, en un proceso singular y relacional, donde nos abrimos al reconocimiento y ejercicio de la propia semilla que nos potencia crear un orden distinto. No es una utopía que se anhela, es la utopía vivencial, en nuestras espacias, en el compartir con otras, en convidar la palabra-alimento con amigas, en ser testiga del ejercicio de la voz y la escritura de otras mujeres que lo creían imposible, en leer los poemas de mi madre, en juntarme con amigas y armar un premio para reconocer la escritura de las demás, en saberme ésta, viva y latente, encarnada a la munda que habito y me habita.
Es probable que la revolución en singular no acabe de una vez y para siempre con las violencias que enfrentamos, pero, sin duda, hay algo que estamos transformando y, con ello, la gestación de un nuevo relato, el de nosotras mismas. El orden patriarcal ya no nos inhabilita.


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