La pedagogía feminista que siembra es alquimia
- 15 abr 2023
- 3 min de lectura
Michelle Silveira
La alquimia es algo que nuestro cuerpo de mujer ya conoce. La alquimia no requiere de explicaciones academicistas ni de palabras extranjeras, pero la entraña palpita porque ella sabe de la alquimia. El cuerpo es alquimia. Sin embargo, sí ha sido una palabra que han cooptado los ámbitos masculinos. Me hizo recordar que fue, sobre todo, en las aulas o los espacios de lucha estudiantil que los hombres explicaban la alquimia como un conocimiento nacido de ellos. Propiedad de ellos.
Pero, la alquimia siempre ha sido origen. Las mujeres son origen. La madre es origen. Las mujeres somos origen. Entonces, las alquimistas están en el origen. Están antes que todo. Han estado siempre.
La práctica alquimista estuvo allí en el cuerpo de nuestras abuelas y de muchas otras mujeres. La Historia ha querido dejar atrás a las mujeres alquimistas porque son a ellos quienes les interesa legitimar el orden. Pero ellas no requieren legitimar el orden. Como si nosotras necesitáramos legitimar el orden. Las mujeres siempre han trasmutado en el relacionamiento. Y la alquimia es transmutación.
Nuestras abuelas y madres que han bordado un relacionamiento con las hierbas, por ejemplo, es alquimia, esas plantas que también son cuerpos vivos (como dice María Milagros Rivera Garretas). Relacionamientos que a nadie han tenido que dar explicación porque sólo son. Relacionamientos en el que están las hierbas y ellas. La ruda en sus manos, en sus orejas, cerca de su nariz. Una hierba viviendo con ellas. La manzanilla relacionándoselas con ellas. El epazote.
Mi madre alquimista. Me dio a luz. Me parió. Y además de todas las cosas que ha creado con su cuerpo, no menos importante es para mí que ella sea dadora de vida. Ella, en el origen, tuvo la capacidad para deshacerse de lo superficial, de lo masculino para concentrarse en lo esencial que es vida, creación.
Porque ellas, las madres, son origen y crean desde lo ya creado, crean con lo que existe. Son alquimistas. Saben que no tienen que inventar nada porque todo está la universa y ellas, mujeres, son naturaleza también. La alquimia es libertad femenina.
Mi madre con amor ha creado con “delicadeza, amando la materia y respetando su Misterio” (María Milagros Rivera Garretas), recuerdo su saliva sanadora, que para mí es un conocimiento puro y verdadero: de pequeña solía caerme constantemente porque tenía los pies ligeramente hacia dentro. Cada vez que salía de casa lo hacía corriendo. Amaba correr desde pequeña. Cualquier mandado a la tienda era salir corriendo. Y caerme. Y rasparme. Y sangrar de las rodillas. Mamá, limpiaba y echaba salivita sanadora para curar esa lesión. Esa es la alquimia. Porque “pertenece a toda gran señora, a toda Hera o seña y ama de la casa materna”. Con todos los desórdenes simbólicos que mantuvieron mi abuela y mi madre sé que tuvieron momentos de libertad femenina, de alquimia. Y son mi sentir originario, que va más allá de democracias y de sistemas de organización masculina. Sé que he sentido de ellas la alquimia.
Sé que siento alquimia y que las mujeres tenemos ese relacionamiento de trasmutación.
Volver al origen es alquimia. Y la pedagogía feminista que sentimos es esa, la que es de relacionamientos, procesos, intenciones, lengua materna, sentires… La que habla en primera persona y en lenguaje femenino. Es una pedagogía que sabe que la creación no inicia en cero, sino que viene con su genealogía, las experiencias y los saberes que sostienen su historia como mujer que es también la historia de las mujeres. La pedagogía feminista que es siembra es alquimia porque es creadora, no repetidora, porque nos provoca a trasmutar.



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