El tiempo de la enfermedad, el tiempo para sanar (primera parte)
- 17 sept 2025
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Cristina Perbian
Hace un año el texto de Laura Mora Cabello de Alba, “Mi enfermedad, mi cuerpo, mi libertad”, llegó a mí gracias a mi querida Laura Arauz, amiga y fundadora del Centro de Estudios Sobre Pedagogía Feminista, y le agradezco mucho que haya tenido a bien convidarme, como siempre lo hace, el pensamiento de otra mujer en el que pone en palabras su sentir y su experiencia. Me hizo tanto sentido porque durante nueve años he estado en un proceso de enfermedad muy doloroso e incierto.
Las palabras de Laura Mora me dieron certeza para autorizarme a mí, yo, la que siente esto que siente y que vive esta rara enfermedad que la habita, a ponerla también en palabras, pero, sobre todo, a decirla sin miedo, sin vergüenza y sin tanta culpa. Como en la experiencia de Laura, también he transitado por caminos en los que no me he escuchado, anulando el sentir, en los que he dudado de mi cordura y también en los que he tenido que ser la señora enfadada, como diría Ursula K. Leguin, arreando su bolso contra rufianes, para conseguir una atención digna por parte de las instituciones de salud.
Y decir ahora que puedo hablar de mi enfermedad sin tanta culpa, me hace suspirar, porque esa culpa se hace grande de vez en cuando y yo me siento pequeña en un inmenso precipicio. Como mujer, me ha costado mucho tomar el tiempo de la enfermedad y, aún más, el tiempo para sanar. Pero quiero dejar claro, tal como me lo dejó a mí el texto de Laura Mora, es que en este tiempo y mi experiencia estando enferma, me ha dado la posibilidad de anunciarla, no dicha ni vista desde el lugar de la miseria, ni de la revictimización, todo lo contrario, está dicha desde mi libertad, desde el amor por la vida y el agradecimiento por el tejido de las relaciones que sostengo y me sostienen. Quizá pueda sobresalir un tanto el enojo, pero enunciarlo también ha sido parte del proceso para sanar, para quitarse un algo menos (Luce Irigaray).
Hace muy poco, regresando al texto, me he tomado el tiempo para leer el libro al que hace referencia: “Cuerpo de mujer, sabiduría de mujer” de Christiane Northrup; y vaya que me he encontrado con más palabras y pensamientos que me hacen sentido. Ella, como mujer médica, narra su experiencia viviendo la enfermedad, nombrando todo aquello que nos atraviesa por el hecho de ser mujeres y que socioculturalmente no se considera en los diagnósticos y tratamientos médicos que recibimos. Y es que la medicina hegemónica está hecha para medidas masculinas, sin que se tome en cuenta nuestra diferencia sexual.
Recuerdo muy bien cuando uno de esos rufianes, que por cierto espanté con mi bolsa cósmica, me dijo que los síntomas que estaba sintiendo como reacción a un medicamento sumamente agresivo para mi cuerpo, eran depresión y ansiedad. Y sé muy bien cómo se sienten ambas y eso que estaba experimentando en ese momento no era nada parecido, era un entumecimiento en mi cuerpo, era una náusea interminable y un ardor interno tan intenso que llegué a pensar que si lo seguía tomando podía morir, tal como me dijo una médica de la sala de urgencias “¿Te quieren matar con este tratamiento?, ¡es horroroso!”. Los efectos secundarios fueron notables, entre ellos, mis ciclos menstruales se alteraron terriblemente (un hecho que no toman en cuenta la mayoría de las veces), y lo peor, regresaron los síntomas de la enfermedad de los que tanto quería escapar. Los hombres que me prescribieron el tratamiento sin hacer más pruebas o exámenes médicos, sin tener un diagnóstico preciso, sin más cuidado, aseguraron que no tendría efectos secundarios porque la mayoría de los pacientes lo toleran muy bien; pero no soy la mayoría, soy una mujer, que es origen y que siente lo que pasa por su cuerpo. Una mujer que menstrua, una mujer que es madre e hija, una mujer trabajadora, una mujer con un cuerpo que tiene historia.
Christiane, además de ahondar en la sabiduría que cada mujer posee para sanar, apunta que las enfermedades de las mujeres no se pueden tratar sin tener en cuenta nuestro contexto, nuestros recursos y las relaciones que vivimos, así como la manera en que cada una lleva su propia vida; estos factores siempre estarán ligados a nuestro estado de salud indudablemente. Así como Laura, como Christiane, por mucho tiempo tuve que estar “fingiendo” que estaba bien, que no pasaba nada. El tiempo de la prisa, el tiempo de la repetición, no me permitía tomar el descanso cuando lo necesitaba. Y no sólo el tiempo voraz, sino las relaciones y los lugares en los que no cabes ni te permiten ser una mujer enferma. Y no es que enferma sea un adjetivo que me defina, pero cuando una es atravesada por la enfermedad, la vida te cambia por completo.
Me han dicho que soy muy joven para “estar así”, que me “aliviane” y una serie de comentarios que no abonan a la cura de mi enfermedad, como si a mí me encantara estar enferma. Decir la enfermedad también puede resultar un proceso doloroso porque te enfrentas al desconocimiento y prejuicios de otras personas. Sé que no siempre son malintencionados, pero se hacen nudos, que claramente duelen. Es difícil sobrellevar ese estado cuando los relacionamientos son complicados y la vida se sostiene de ellos.
Como a Laura, también me ha hecho sufrir el querer entablar relaciones personales y profesionales significativas, especialmente en los espacios en los que doy mucho tiempo de mi vida, como en el trabajo. Trabajo que sin duda agradezco tener, pero es terrible sentirse señalada por tomar la licencia como si eso fuera una excusa para no cumplir con mis responsabilidades. Me he negado a normalizar que “debo” poner el trabajo por encima de mi salud y nombrarlo un gran mérito que demuestra el verdadero profesionalismo o de lo contrario mi capacidad y compromiso se ponen en tela de juicio. La culpa por tomarme el tiempo para sanar ha crecido en ese tipo de lugares en los que también te miran como esa “mayoría” generalizada y no hay un espacio en el que quepan las palabras y los sentires para explicar lo que está sucediéndote y por supuesto, que te crean. Porque además de tener que pedir tiempo para las citas médicas, también suelo pedir tiempo para atender mis responsabilidades maternas, factor que como menciona Christiane, suma a la complejidad del estado de salud de una mujer y, aunque en el discurso de los derechos se diga que estos factores se contemplan y procuran en las instituciones, la realidad es muy distinta.
Pensando en lo que dice María Milagros Rivera Garretas acerca de que las mujeres tenemos la capacidad de vivir en los dos tiempos, el de la prisa y el del sentido, y tejiéndolo con el pensamiento de Las Mujeres de la Librería de Milán en su manifiesto “El final del patriarcado. (Ha ocurrido y no por casualidad)” de que, en la diferencia femenina, en el mercado del trabajo, y pienso que no sólo en ello sino en casi todos los ámbitos de nuestras vidas, las mujeres ponemos una entrega especial en la calidad de los relacionamientos y de nuestro hacer, que en los beneficios económicos o de prestigio que pudiéramos obtener. Por ello, los relacionamientos y la manera de tejerlos, aun en los espacios donde se atiborra la prisa, siempre han tenido un lugar importante en mi vida, porque en los ambientes más grises y hostiles han brotado entre la tierra, aparentemente árida, relaciones de amistad y compañerismo verdaderamente preciosas. Sucesos que hacen que el tiempo sea un tiempo significativo, donde el hacer prospera y una se siente más alegre y sana.
Pero como dice Laura Mora “los afectos y los intereses no se fuerzan y que hay relaciones en la vida que son lo que son, que no te puede querer todo el mundo, igual que yo no quiero a toda la humanidad. [...] No desear es suficiente argumento para no hacer”. Leer esto me trajo muchas certezas a mi cuerpo y el descanso que necesitaba para dejar de explicar mi enfermedad donde no hay apertura. Pienso en lo que dice Christiane, que los relacionamientos, las condiciones externas, impactan tremendamente en nuestra salud, así que preferir aquello que realmente tenga el deseo de estar en relación, como diría María Milagros, es elegir el tiempo para sanar.
Aunque en las últimas semanas de mi vida, elegir el tiempo para sanar no ha sido elegido por completo a partir de un deseo consciente, sino por una serie de acontecimientos que me obligaron a tomar la licencia médica y el reposo; a pesar de ello, he escuchado el llamado para volver a casa, como dice Clarissa Pinkola Estés en “Mujeres que corren con los lobos”, libro que también me ha mostrado las posibilidades para andar los caminos del tiempo de la recuperación. Recibir este tiempo ha sido un misterio que poco a poco se me ha ido revelando y eso lo agradezco muchísimo.
El reposo no ha sido sencillo. Como mujer me ha sido difícil no dejar de pensar que la casa se va a caer de mugre, que tengo la urgencia de resolver todas las tareas cotidianas que implican sostener un hogar y criar una hija. Aquí es donde los relacionamientos también se vuelven importantes, los relacionamientos íntimos y el deseo.
La enfermedad me ha revelado que buscar el tiempo para sanar requiere de recibir el cuidado de quien está cerca como un acto de amor y ternura, como en mi primer relacionamiento entre mi madre y yo; y que, quien te cuide, tenga plena consciencia de que el cuidado, como dimensión política y amorosa, requiere de un profundo deseo de estar, de tejer y transformar. Dimensión de la que nosotras, las mujeres, somos fundantes. Dimensión que hemos gozado, pero también nos ha mantenido en cautiverio cuando una se deja robar la piel (Clarissa Pinkola).
La casa se ha puesto patas arriba y he tenido la necesidad de pedir el cuidado cuando ha faltado el deseo y la consciencia. Y esto es algo que me ha regalado la enfermedad. Dejar mi casa terrenal para volver a habitar mi casa corporal-espiritual. Esta hazaña la he recorrido de la mano de mi terapeuta, Libertad Enríquez. A quien le agradezco profundamente su acompañamiento en este tiempo de dolencias y trastes sucios. A quien le he confesado que he tenido que levantarme para hacer quehaceres mientras lloro de frustración porque nadie más lo hará por mí voluntariamente, pero que después me doy cuenta de que alguien sí podría hacerlo si lo pido. Pero pedir cuesta, porque eso me pone en una posición vulnerable, en la que pocas veces he querido estar porque “no pasa nada, estoy bien”. Cuesta salir de la trampa de la mujer emancipada. Cuesta, porque también se te rompen las ilusiones cuando te das cuenta de que la reciprocidad, y el deseo, no están presentes en todos tus vínculos. Cuesta porque se vive la enfermedad y las penas en silencio, y por mucho tiempo creí eso, lo veía a menudo en las mujeres de mi familia, que, para cumplir con el deber de ser buena esposa y madre, debían levantarse sin importar el dolor que gritaba su cuerpo.
“Mi enfermedad me ha dado mucha libertad”, dice Laura Mora, y así también lo he sentido. Después de navegar en mis contradicciones y en las bondades del tiempo lento de la cama, me he aventurado a entregarme a aquello que sí parte del deseo, iniciando por mí misma.



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