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Habitar una casa, lectura de mundo*

  • 9 ago 2025
  • 3 min de lectura

Inspirado a partir de la lectura de La casa en Mango Street de Sandra Cisneros

 

Autora: Michelle Silveira

7 de agosto 2025

 

No tuve una casa propia, ni un cuarto propio.


Tuve, en cambio, un planeta en forma de departamento, en una vecindad ochentera con dos cuartos, una cocina y un baño. En la recámara habitaban los libreros eclécticos y mágicos, la máquina de coser Singer de mi madre —hermosa y sublime, como la del cuento de la Bella Durmiente—, los juguetes, las herramientas, los roperos, una cama grande y una litera. Una litera que fue una galaxia entera. Dormía en la cama de abajo, bajo la constelación de la de arriba. La cama grande fue mi refugio por años: cuando las pesadillas nocturnas me visitaban, cruzaba a hurtadillas la frontera simbólica y me acurrucaba a los pies de mi madre y mi padre.

 

Recordar esa primera casa -rentada-  resuenan las palabras de Sandra Cisneros sobre el deseo de una casa propia, y las de Virginia Woolf al invocar la habitación necesaria para escribir. Y sí, si he tenido una casa propia, mi primera morada fue mi madre, y es mi origen concreto. Macrina: el territorio donde mis raíces recibieron agua, tierra, fuego y viento para germinar. Ese útero fue mi casa natal, la que no tocó el patriarcado, aunque quiera tocarlo todo (María Milagros Rivera Garcetas). Y de ahí mudé. Mi primer cambió de casa.


Las mudanzas son estaciones interiores: duelo y germinación. La primera fue mi nacimiento, desprendimiento inicial de las grandes aguas dentro de mi madre. La segunda, a los quince años, dejamos el norte de la ciudad. Me dolió dejar esa casa, ahí aprendí a andar en bicicleta y en patines; ahí tuve mis primeras amigas y mis primeros miedos; ahí conocí la voz de mi abuela arrullándome, tejiendo con cada canción las hebras de mi genealogía femenina; ahí mi madre bailó conmigo y sembró en mí las semillas de su sabiduría; ahí, mi padre murió.


Las casas que he habitado no son inventarios de metros cuadrados, sino páginas de acontecimientos irreversibles. Muchas veces crecí en tierra hostil: vecinos que disparaban al aire, pandillas en las esquinas, hombres disfrazados de lobos feroces. En esos tiempos, mis raíces se recogían cual frío de invierno.


Un día encontré un hogar que volvió a ser refugio, como el primero: un espacio que olía a flores, donde la mesa del comedor se convirtió en también taller de escritura, círculo de lectura y fogón de conversaciones; la sala, biblioteca y lugar de siestas; las plantas, hermanas verdes; y el hogar de un gato que nos adoptó a mi sobrina y a mí.


En ese departamento comenzaron a crecer mis raíces de mediadora de lectura. Ahí nació la Comunidad de Mujeres Magenta, germinaron nuestras primeras publicaciones, germinó el Círculo de lectura feminista y el Círculo de lectura dedicado a leer a Audre Lorde. Ahí se gestó el proyecto de fomento a la lectura con mujeres privadas de libertad en el CEFERESO 16.


Mi casa se volvió semillero, árbol que ofrece sombra, espacio donde la palabra y la escucha se hicieron acto político entre mujeres: de relacionamiento entre mujeres.


Habitar un espacio, hacerlo mío simbólicamente y ejercer ahí la autoridad femenina, ha sido una revelación mística. Cuidar mi hogar es cuidar la raíz que me une a la cocina donde mi madre me enseñó a medir con las manos, al orden heredado de mis abuelas, a la limpieza como ritual de claridad interior, como versa Sandra Cisneros en su libro La casa en Mango Street.


Sé que mi primer hogar fue mi madre. Mi almacorporal (Antonietta Potente) guarda la memoria de sus brazos como la corteza guarda lluvias y sequías. Y sé también que aunque algún día tenga que dejar el espacio actual, habrá otro donde plantar mi mesa, mis libros, mi círculo. Porque la libertad femenina que me permite fundar un refugio no depende de paredes: crece de unas raíces tan hondas que ninguna mudanza puede arrancarlas.


Como las mujeres de la Librería de Milán, sé que la anunciación del final del patriarcado llegó a finales de los noventas del siglo pasado. No porque haya desaparecido del mundo, sino porque las mujeres vamos dejando de darle crédito simbólico en nosotras mismas. Vamos siendo nuestra propia medida. Mi autoridad nace del origen concreto de mi madre, se nutre de la genealogía de mujeres que me precedieron y se expresa en la libertad con la que habito cada espacio que toco.

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