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La bolsa recolectora: entre mi abuela Aurora y Ursula K. Le Guin

  • 9 jul 2025
  • 4 min de lectura

Autora: Michelle Silveira


"Deja que los surcos de las yemas de tus dedos sean los mapas

y que los caminos que recorres

sean las líneas de la palma de tus manos.…”

— Ursula K. Le Guin



Mi abuela Aurora llevaba mundos enteros en los bolsillos, territorios que el patriarcado jamás logró tocar. Mientras los hombres intentaban escribir la historia oficial con héroes y conquistas, Ella, la bordaba con relatos susurrados entre cajas de cartón, forros de papel y pegamento. Sus manos rescatando memorias de esa bolsa infinita: su mandil.

Desde su oralidad indómita, mi abuela, me heredó geografías que yo nunca había pisado pero que eran su historia: el estruendo de las fábricas, la textura de caminos polvorientos, las aventuras de una mujer que se expandió como espiral cósmica.

Lo que no sabía entonces es que mi abuela conocía íntimamente esa tecnología primigenia de la que Ursula K. Le Guin escribió: las manos como primeras contenedoras, después la canasta, la bolsa recolectora, esa herramienta fundamental que las mujeres inventamos para sostener y hacer la vida. Aurora atesoraba historia, memoria, remedios, sustento. Su bolsa era un archivo palpitante, una biblioteca nómada con su propio latido.

Ahora imagino que Aurora se encuentra con Ursula y se reconocen al instante: conversan, ríen, comparten secretos. Ambas hablan en lengua materna y cargan su bolsa de mandado, su bolsa recolectora: mi abuela con sus bolsillos repletos de palabras-semillas y memorias originarias, la anciana espacial con su morral de relatos intergalácticos. Se reconocen en esa autoridad femenina, en esa potencia creadora que hace mundo desde las entrañas y desde la voz que muge.

Hay mujeres que no escriben libros: tejen mundos. Y en ese tejido, todas somos hijas, todas somos abuelas, todas somos la misma mujer que hace y rehace la realidad con sus manos, con su voz, con su bolsa infinita de posibilidades.

Al leer "La Teoría de la bolsa de transporte de la ficción” (Le Guin,1986), todo se conectó con una claridad que me quitó el aliento. Ese ensayo amplió mi manera de ver el mundo. Cada párrafo era un fruto fresco que detonaba misterios que ni siquiera sabía que tenía. La anciana espacial pone en el centro lo que la historia patriarcal ha minimizado: la recolección. Mientras la cultura occidental se obsesiona con las historias de cazadores de mamuts y héroes guerreros, ella nos recuerda que entre el 65 y 80% de la alimentación humana provenía de la recolección, no de la caza.

Los hombres salían con lanzas a perseguir animales enormes y a veces regresaban con algo, a veces no. Nosotras salíamos cada día con nuestros contenedores y regresábamos siempre con sustento: raíces, frutos, hojas, semillas, insectos. Pero la historia que se cuenta es la del cazador heroico, no la de la recolectora que hace vida.

El primer artefacto cultural importante no fue un arma, sino ese contenedor: una bolsa, una cesta, un recipiente para transportar alimentos recolectados. Nosotras, las mujeres, fuimos las innovadoras del contenedor, las que en relación con nuestra almacorporal —como la llama la teóloga italiana Antonietta Potente— usamos las manos y después inventamos las bolsas, cestos, redes, cabestrillos, morteros, ollas. Desarrollamos la "bolsa de transporte" como tecnología fundamental desde nuestra potencia creadora.

La bolsa de Aurora no es sólo un objeto heredado: es la materialización de milenios de sabiduría femenina. Como Ursula dice: "Lo que Freud confundió con su falta de civilización es la falta de lealtad a la civilización de la mujer". El patriarcado se ha empeñado en hacer matricidio, pero nuestras manos siguen conteniendo mundo en pequeños recipientes, en gestos que preservan la vida.

La anciana espacial, Ursula, propone recuperar "el relato de la vida" frente al "relato asesino" dominante, el del héroe. Reconocer que las historias de recolección, cuidado y creación de contenedores para la vida cotidiana son fundamentalmente humanas, y tiene que ver con nosotras, las mujeres, que somos el origen, la autoridad femenina primordial, la potencia creadora que sostiene y hace el mundo.

Leo a Ursula y viene Aurora con sus bolsas: la de su mandil y la de mandado, y entiendo que mi encuentro con la anciana espacial no fue casual. Hacer mundo no es sólo escribir: es tejer, es contener, es gritar, bailar, es mugir en relación con otras desde nuestra potencia creadora. Es reconocer que llevamos milenios siendo las creadoras de recipientes para la vida, las guardianas de la oralidad, las que nombramos y renombramos la existencia con cada espiral desde nuestra autoridad femenina indomable.

Somos las mujeres quienes recolectan y sueltan semillas, las de la voz, las del canto y el silencio elegido, también.

Ante la cultura masculina del héroe, elijo las manos creadoras, la bolsa de estrellas, el contenedor infinito, la palabra que nace de las entrañas y se hace mundo desde nuestra potencia creadora inagotable.

Porque como dice la anciana espacial: todavía quedan semillas por recolectar, y todavía queda espacio en la bolsa de estrellas. Todavía queda mucho por mugir, mucho por gritar, mucho por hacer mundo desde nuestra genealogía femenina y nuestra potencia creadora en relación con otras mujeres y a partir de sí.


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